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Las mentiras en la infancia

Vas paseando por la calle con tu hijo y, de repente, te encuentras con la amiga que lleva llamándote todo el fin de semana para confirmar que asistiríais a su fiesta en el campo. La saludas algo nerviosa y le preguntas qué tal lo han pasado. Entonces ella te pregunta por qué no habéis podido acompañarles, y tú, ni corta ni perezosa, le sueltas una pequeña “mentira piadosa”, a la que tu pequeño con una sonrisa de oreja a oreja responde sorprendido con “¿mamá no te acuerdas que estuvimos en casa del primo?, desvelando esa verdad que intentabas evitar. Y es que como se suele decir, “en la boca del niño está la verdad”. Pero esto no siempre es así, ya que a medida que los niños van creciendo, su naricita a modo de Pinocho también lo hace con ellos. ¿Cómo y en qué momento ocurre esto?

Normalmente un niño/a suele decir la verdad antes de cumplir los tres años. Pasada esta etapa, las mentiras entran a formar parte de sus juegos y fantasías. Van descubriendo también nuestras reacciones cuando detectamos esas mentiras, aunque aún no existe una verdadera intencionalidad en su conducta. Más tarde, y en torno a los cinco años, niños y niñas han aprendido que sus mentiras pueden provocar distintos comportamientos en los demás, como que se les preste mayor atención o que con ellas puedan evitar ser castigados. Por otro lado, es importante observarnos a nosotros mismos pues somos su referente y modelos a los que imitar y seguir, por lo que si la mentira se encuentra fácilmente en nuestro repertorio será más probable que también esté en el de nuestros pequeños. Además si les mentimos a ellos es fácil que comiencen a perder parte de su confianza en nosotros.

Nuestro nivel de exigencia también es algo a tener en cuenta, pues pueden existir situaciones que terminen tensionándoles y mientan por no defraudarnos. Un ejemplo de ello lo vemos muy a menudo cuando nuestros mensajes van dirigidos hacía la competitividad para ciertos deportes o con lo que respecta a las notas escolares, algo así como “tienes que ser el/la mejor” , “no me defraudes en esto”, “debes sacar mejores notas”. Es importante que exijamos a nuestros hij@s aquello que realmente sepamos que pueden alcanzar.

Los niños y las niñas también nos dan mucha información con sus gestos y no solo con sus palabras. Estar atento a esas manifestaciones no verbales nos ayudará a discriminar si están mintiendo. Cuando decimos la verdad nuestro gesto y nuestro cuerpo suele estar relajado, expresando confianza en nosotros mismos y en el mensaje que damos a los demás. Cuando mentimos nuestros labios se tensan y podemos realizar algún ademán repetitivo con nuestro cuerpo, evitando sostener la mirada, queriendo ser invisible o pasar desapercibido.

No debemos castigar la mentira, pero tampoco premiarla. Si somos capaces de saber por qué mienten, tendremos la capacidad de enseñarles otros caminos posibles para encontrar soluciones. Al igual que otros valores que van adquiriendo, aprender a decir la verdad les ayudará en el desarrollo de su moral y de su pensamiento abstracto, favoreciendo una personalidad íntegra y honesta. Podemos reforzar, por tanto que digan la verdad, y felicitarles cuando son valientes, a pesar de que decir la verdad les pueda ocasionar algún disgusto.

Si os interesa profundizar en el desarrollo moral os recomendamos a un autor que a nosotras nos resulta muy interesante Lawrence Kohlberg.